
"La educación sexual continúa planteando problemas. ¿Cómo debe impartirse? ¿Cuándo? ¿Deben ocuparse los padres o la escuela? Muchas de las dificultades proceden de que es un tema donde aspectos fisiológicos, psicológicos, sanitarios se mezclan con aspectos morales. Por eso, con frecuencia se elevan voces en contra de que esa educación se establezca en la escuela, aunque el Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo, aun reconociendo el derecho de los padres a decidir sobre la educación moral de sus hijos, ha legitimado la competencia de la escuela.


Pero los antropólogos saben que, cuando algo se repite invariablemente en todas las sociedades responde a una necesidad o a un deseo universalmente compartido. ¿Cuál puede ser en este caso? Fundamentalmente ha habido tres razones para tomarse en serio la sexualidad, y las tres continúan vigentes, y debemos transmitírselas a nuestros hijos. El primer asunto es la relación del sexo con la procreación. Una cosa es pasar un buen rato y otra concebir un hijo. Aquí podríamos establecer una norma clara: Tener relaciones sexuales que puedan llevar a un embarazo no querido, sin tomar las precauciones debidas, es una infamia. El segundo aspecto tiene que ver con la fuerza del deseo sexual, que ha sido temido por todas las culturas. El ser humano es el único animal que puede obsesionarse con el sexo, porque las hembras pueden mantener relaciones sexuales fuera del período fértil y porque la imaginación se convierte en sustitutivo del estímulo. El resto de los animales no se pueden permitir este exceso. Si estuvieran ocupados con el sexo durante todo el año serían presa fácil para sus predadores. Era más seguro concentrar toda la función procreadora en un período corto de tiempo. De esta capacidad exclusiva del ser humano podemos sacar una segunda norma: Cualquier adicción- incluida la sexual- es mala porque limita la libertad, y cualquier obsesión- incluida la sexual- también lo es, porque limita el ejercicio de la inteligencia. En tercer lugar, el sexo crea expectativas sentimentales. Salvo raras ocasiones puramente instrumentales –relaciones sexuales esporádicas e impersonales- la sexualidad despierta una resonancia emocional, que puede complicar la vida. La tercera norma sería: Suscitar mediante la sexualidad expectativas afectivas que no se está dispuesto a satisfacer, no es bueno. Por último, el sexo ha favorecido un modo profundo y beneficioso de vinculación afectiva, lo que recomienda una cuarta norma: Separar el sexo de la afectividad empobrecería las relaciones humanas y por lo tanto no debería aceptarse como norma universal."
(JOSÉ ANTONIO MARINA)
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